El mundo

El_mundoLas biografías suelen contarse en orden cronológico, desde la infancia a los años actuales o hasta la muerte; sin embargo, también se puede escribir un relato en el que la persona sea la protagonista. Esto último es lo que hace Juan José Millás en El mundo.

Sinopsis

Hay libros que forman parte de un plan y libros que, al modo del automóvil que se salta un semáforo, se cruzan violentamente en tu existencia. Éste es de los que se saltan el semáforo. Me habían encargado un reportaje sobre mí mismo, de modo que comencé a seguirme para estudiar mis hábitos. En ésas, un día me dije: «Mi padre tenía un taller de aparatos de electromedicina.» Entonces se me apareció el taller, conmigo y con mi padre dentro. Él estaba probando un bisturí eléctrico sobre un filete de vaca. De súbito, me dijo: «Fíjate, Juanjo, cauteriza la herida en el momento mismo de producirla.» Comprendí que la escritura, como el bisturí de mi padre, cicatrizaba las heridas en el instante de abrirlas e intuí por qué era escritor. No fui capaz de hacer el reportaje: acababa de ser arrollado por una novela.

Opinión

Cuando alguien te pide que le cuentes tu vida, no sabes por dónde empezar y se lo dices. ¿Qué contar sobre mí, lo último que hice, mis primeros años desde mi nacimiento en el hospital de aquella ciudad o las rutinas que llevo a cabo? Y siempre comienzas con una anécdota, lo primero que te viene a la cabeza, la cabeza del hilo del que tirarás para ir desenrollando el ovillo tan complicado que es tu biografía. Millás comienza su libro hablando del bisturí eléctrico que inventó su padre, un momento importante porque sirve de metáfora para explicar que la nueva herramienta cauterizaba la herida a medida que las abría y él ve la escritura de la misma manera, por eso es escritor.

No hay duda de que las autobiografías son muy personales y especiales para quienes las escriben, por eso no es extraño que ninguna se parezca entre sí salvo algunos detalles (y la idea principal, que es contar la vida del autor).  Tampoco hace falta seguir un orden; todas nuestras acciones tienen su porqué y sus consecuencias para el futuro y quién mejor que el propio protagonista para guiarnos por las ramas de su infancia, adolescencia y madurez. Porque eso es lo bonito de El mundo, su capacidad para trasladarnos a un banco con Millás donde nos está contando su vida enlazando un recuerdo con otro.

Así, nos habla de la inocencia que tienen los niños, incluido él, quienes pensaban que los muertos vivían en un barrio alejado del suyo; narra su amor durante muchos años por una joven que marcará su vida y su trayectoria literaria, nos cuenta sus peripecias como una fiesta de su editor o describe cómo cambiaba su calle de verla desde la carretera u observarla desde la ventana de la casa de su amigo. Y no se centra en la simpleza de comentar hechos, sino que reflexiona sobre ellos a medida que acuden a su mente y los escribe además de introducir opiniones sobre su vida y sobre el plano filosófico de una persona cualquiera, de sus cambios. Para ello utiliza un lenguaje ameno y fácil de seguir, tanto que no hace falta que exagere las anécdotas para saber cuándo tiene un punto de tragedia, de reflexión o de comedia mezclada con fantasía. No se necesita una perfecta elocuencia para contar algo grande.

El mundo es una novela cautivadora de una vida con sus sonrisas y sus lágrimas, y tiene un desarrollo tan transparente y preciso que el autor queda completamente desnudo para sus lectores, un hombre que vive con sus mil manías y que convierte los pequeños detalles en historias memorables.

Yo estaba obligado a contar la historia del mundo, es decir, la historia de mi calle, pues comprendí en ese instante que mi calle era una imitación, un trasunto, una copia, quizá una metáfora del mundo

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