Los muchachos de zinc

9788499926308Por una causa o por otra, por razones políticas sin criterio los ciudadanos acaban inmersos en una guerra. Y son ellos las verdaderas víctimas, pero se deshumaniza a los soldados en el momento en el que visten su traje militar y llevan un arma bajo el brazo. Primero fue Voces de Chernóbyl y ahora llega otra verdad. Por eso es tan importante que libros como Los muchachos de zinc de Svetlana Alexiévich salgan a la luz; este en concreto con la guerra de Afganistán.

Sinopsis

Entre 1979 y 1989 un millón de tropas soviéticas combatieron en una guerra devastadora en Afganistán que provocó más de 50.000 bajas y acabó con la juventud y la humanidad de varias decenas de miles de soldados más. Los muertos soviéticos volvían a casa en ataúdes de zinc sellados mientras el estado no reconocía ni la mera existencia del conflicto.

Los muchachos de zinc generó una inmensa polémica y mucha indignación cuando fue publicada originalmente en la URSS: las críticas acusaron a su autora de haber escrito un «texto fantasioso lleno de injurias» y de ser parte de «un coro histérico de ataques malignos». En el libro, Svetlana Alexiévich presenta el testimonio cándido y emocionante de los oficiales y los soldados rasos, de las enfermeras y las prostitutas, las madres, los hijos y las hijas que describen la guerra y sus duraderos efectos. El resultado es una historia turbadora por su brutalidad y reveladora en su parecido a la experiencia estadounidense en Vietnam y más tarde en Irak y el mismo Afganistán.

Svetlana Alexiévich expone la verdad de la guerra afgano-soviética: la belleza del país y los brutales abusos del ejército, las muertes y las mutilaciones, la profusión de productos occidentales, las vidas humilladas y destrozadas de los veteranos. Los muchachos de zinc ofrece una perspectiva única, desgarradora e inolvidable sobre la realidad de la guerra.

Opinión

Guerra de Afganistán: 1978-1992. Si cogemos un libro de historia sobre el conflicto, aparecerán los antecedentes y las causas, los datos, las fechas y las peleas más sangrientas y cómo finalizó con sus irremediables consecuencias. Será un retrato frío de una guerra, objetivo; los juicios sobre quién tuvo la culpa será solo del lector. Miles de soviéticos, soldados y personal que trabajaba en la zona, murieron, desaparecieron o pasaron a ser prisioneros, pero estos números no se publicaban en la época en la que el comunismo se estaba resquebrajando y solo los más allegados sabían la verdad. En medio de libertad de expresión que empezaba a asomar tímidamente por la Bielorrusia comunista, Svetlana Alexiévich se alza con Los muchachos de zinc y da voz a los participantes de la causa: las verdaderas víctimas.

Aunque la parte principal de la obra es la recopilación de testimonios, el libros tiene otras tres partes muy interesantes para comprender la totalidad del conflicto: la conversación de la autora con el censor, su visita a Afganistán para ver con sus propios ojos la guerra y el juicio contra ella de varios que transmiten su historia a la periodista (hay que entender la época y el lugar y leer con calma este apartado para ver el absurdo del veredicto final). Con las cuatro piezas encajadas entendemos la magnitud de la guerra en los años en que la Patria estaba por encima de tu propia vida.

Los relatos de los soldados son indescriptibles. Si bien es cierto que muchos de ellos por apoyar la causa y ser un ejemplo ingresaron voluntariamente en el ejército, otros fueron obligados por la presión social, porque era una traición para la Patria no obedecer una orden y tuvieron otra opción. En sus historias hablan de todo, pero el tema principal es el horror, el tener que recoger los trozos de tu compañero con el que te habías reído de un chiste hace medio minuto, el no saber cuándo volverías a casa, el aprender a matar cuando resulta impensable porque todos somos humanos. Además de los soldados también podemos escuchar las voces de las mujeres que trabajaban allí y eran cocineras, asistentas sanitarias, lavaban la ropa de los oficiales o ejercían la prostitución, muchas de ellas no tenían la mayoría de edad cuando llegaron a Afganistán.

Pero si hay un grito que nos desgarre el alma es el de una madre. Miles de madres perdieron a sus hijos y recibieron un ataúd de zinc con sus restos, miles de mujeres veían a sus hijos cambiados y destrozados de la guerra en su casa mientras ellos sonreían y afirmaban que no pasaba nada aunque gritaban por la noche o se escondían en la habitación cuando sonaba el teléfono. Otras lloran rememorando el pasado, algunas ya sabían que su único hijo no volvería. Y entre tantos testimonios encontramos en ocasiones ápices de belleza, como los soldados que recuerdan las grandes montañas de Afganistán o el cielo violeta que veían antes de una batalla.

Los muchachos de zinc es un libro humano, muy crítico con el poder que llevó a muchas personas a la muerte. Es el desahogo de los que no podían con el dolor y decidieron compartirlo con los que no sabían el horror que estaba escondido y del que no se informaba

He subido a un helicóptero…Desde el aire he visto centenares de ataúdes de zinc, el suministro para el futuro, brillan bajo el sol, es bonito y terrorífico…

Cuando te enfrentas a algo así enseguida surge un pensamiento: la literatura se ahoga dentro de sus límites…El hecho y su reproducción solo sirven para expresar lo que ven los ojos, ¿quién necesita un informa detallado? Hace falta algo diferente…Instantes estampados, extirpados de la vida…

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