La guerra no tiene rostro de mujer

9786073139625_2_Cuando nos hablan de la guerra, inevitablemente pensamos en hombres, en un gran ejército de hombres altos, bajos, con un cigarrillo en la mano o a punto de morir. Un gran error. También había mujeres, incluso algunos escuadrones estaban desprovistos de jóvenes y los cargos más a altos pertenecían a chicas de veinte años. Para descubrir esta parte de la historia desconocida, Svetlana Alexiévich escribió La guerra no tiene rostro de mujer.

Sinopsis

Casi un millón de mujeres combatió en las filas del Ejército Rojo durante la segunda guerra mundial, pero su historia nunca ha sido contada. Este libro reúne los recuerdos de cientos de ellas, mujeres que fueron francotiradoras, condujeron tanques o trabajaron en hospitales de campaña. Su historia no es una historia de la guerra, ni de los combates, es la historia de hombres y mujeres en guerra.

¿Qué les ocurrió? ¿Cómo les transformó? ¿De qué tenían miedo? ¿Cómo era aprender a matar? Estas mujeres, la mayoría por primera vez en sus vidas, cuentan la parte no heroica de la guerra, a menudo ausente de los relatos de los veteranos. Hablan de la suciedad y del frío, del hambre y de la violencia sexual, de la angustia y de la sombra omnipresente de la muerte. Alexiévich deja que sus voces resuenen en este libro estremecedor, que pudo reescribir en 2002 para introducir los fragmentos tachados por la censura y material que no se había atrevido a usar en la primera versión.

Opinión

Casi un millón de mujeres en la Segunda Guerra Mundial dejaron sus vestidos, su maquillaje, sus zapatos y sus rulos en casa para acudir al ejército. Ellas mismas lo cuentan así. Algunas se fueron a regañadientes y otras les faltó tiempo, escucharon la noticia en la radio de la guerra y con rapidez mandaron su solicitud. Todas ellas compartían un objetivo: salvar la Patria de Hitler. Resultaba impensable que una mujer en aquellos años dejase sus trenzas a un lado para ser francotiradora, y sin embargo miles de ellas subieron en el escalafón militar hasta tener cargos de renombre, fueron enfermeras que arrastraban varios heridos a la vez durante horas y participaban en organizaciones clandestinas que acabarían en cárceles nazis de tortura. Una historia olvidada por la mayoría,  escondida por sus protagonistas y tapada por la sociedad soviética.

Armada con una grabadora, una libreta, un bolígrafo y una enorme curiosidad, Svetlana entrevista a unas 500 mujeres que fueron al frente para desempeñar todas las profesiones posibles. Es un libro de testimonios, pero están ordenados de manera que los relatos coinciden con el paso del tiempo, con la entrada en el ejército y el porqué de tal decisión, cómo viven los primeros días y cómo termina la guerra así como su regreso y adaptación a la vida normal de un ciudadano, con muchos temas desperdigados en capítulos. Asimismo, cada epígrafe contiene unas palabras o varias páginas de la autora explicando si vamos a encontrar pequeñas dosis o una entrevista completa, además de avanzar en su investigación. Es como un pequeño diario suyo sobre cómo le afecta lo que escucha, lo que lee y lo que piensa después de salir de una casa.

Si alguien cree que se puede leer de un tirón fallará estrepitosamente o acabará por los suelos. Es la obra más dura de Alexiévich y cumple su objetivo con creces: la autora quería escribir un libro que provocase náuseas, que diese asco a los lectores cuando leyesen los testimonios sobre la guerra. Quería presentar las verdades del conflicto tal y como se vivieron, con la crudeza que solo encontramos allí, y lo consigue. Se necesita despejar la cabeza y tomar el aire tras algunos párrafos, abrirán los ojos pensando en el horror que vivían los soldados (mujeres y hombres) y volverán con fuerza a las hojas con la esperanza de no encontrar más pasajes de la envergadura anterior.

Por supuesto, siempre encontramos un ápice de luz en la oscuridad. Un capítulo está dedicado al amor, porque también existía este sentimiento entre tanta muerte, las mujeres cuentan con una sonrisa en la cara los problemas que tenían al aprenderse los títulos y preferían acordarse de colores y peinados y también escondían un par de zapatos de tacón y sombreros para vestirlos por la noche todas juntas. Como dice la propia autora en el libro, las chicas ponían la nota de color a sus relatos y explicaban con más vivacidad que los hombres (esto se puede ver en los testimonios de ellos sobre Afganistán en Los muchachos de zinc), aunque el tema en cuestión fuese la guerra.

La guerra no tiene rostro de mujer es un libro que rebosa de la crueldad humana y da voz a las mujeres para contar su paso por la guerra, quienes ni ellas mismas se veían en el campo de batalla.

La disciplina, los reglamentos, las insignias: toda esa ciencia militar se nos hacía muy cuesta arriba. Una vez estábamos de guardia vigilando los aviones. Según el reglamento, si alguien se acerca, hay que pararle al grito de: “¡Alto! ¿Quién va?”. Pues se acerca el comandante y mi amiga va y le lanza: “¡Alto! ¿Quién va? ¡Con su permiso, voy a disparar!”. ¿Se lo imagina? Gritó: “¡Con su permiso, voy a disparar!”. Con su permiso… ¡Qué risa!

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